lunes 4 de mayo de 2009

El día que fui (casi) cartonera.

Llegamos a las 17, más o menos. Aunque más más que menos, porque el camino era difícil, porque nos perdimos, porque los pozos te tragaban literalmente, porque "la rivera está cortada. Van a tener que ir por adentro". Y adentro es adentro, en todo sentido.
Es una cooperativa.
Parece que ellos se agruparon y Macri (hábilmente) les facilito el 40 % de lo que pedían.
Tienen obra social. Están en blanco. Usan micros para trasladarse y unos uniformes azules con cintas "ojo de gato" que los alejan un poco -solo un poco- de los ojos, ojos desconfiados de los vecinos clase media de barrio norte.
Nos subimos al micro y cruzamos el puente Alsina. Almagro. Barrio Norte. Frontera entre Palermo y Belgrano.
Ahí nos bajamos.
El camión dejó los carros con los bolsones y los choferes se sentaron a esperar.
Norma fue a buscar a los porteros que la conocen desde hace diez años y a buscar lo que siempre le juntan. Por un lado el diario, el cartón, el papel blanco. Por otro las botellas de plástico (se pagan mejor las de Coca que las de Sprite, por ejemplo), los frascos de perfume, cualquier tipo de metal.
"Si me dan otro trabajo, yo digo que no. A mi nadie me saca de acá" y con eso sello mis conflictos culposos que toda chica como una debe tener.
Norma cartonea con sus hijas. Hace diez años. Todos los días. Todos.
Ella dice que al comienzo le daba vergüenza, que si dos o tres personas estaban paradas en una esquina y había tres kilos de diarios, no los agarraba, seguía. Vergüenza.
Dice que el uniforme hace que los vecinos se sientan más seguros. Que ahora ellos son cartoneros formales. Que no pueden cartonear menores de 16 años. Que mete las manos en las bolsas sin guantes, porque los que le dio el el gobierno de la ciudad son muy grandes, de cuero muy duro. Demasiado incómodos (¿se puede hablar de comodidad cuando estas doblada sobre kilos y kilos de desperdicios?).
Mientras estaba con ella, se acercaron algunos vecinos. Una remera de los pumas, tres paquetes gigantes de salchichas congeladas, la promesa de un colchón.
Se hicieron las doce. A meter los carros en el camión y los trabajadores del reciclado en el micro.
Tres paradas.
Mientras subían, subían también los "tesoros" que no van en el camión.
Una tele sin sonido, un triciclo destartalado, una mesa de luz, una silla de caño rojo. Una caja de sanguches de miga que paseaba de mano en mano.
Llegué a las dos de la mañana a mi casa. A mi ducha caliente. A mi cama nueva (regalada, también).
Llegué pensando en Norma y sus días. Llegué pensando en que ella no quiere otra cosa o mejor dicho sí, quiere volver a encontrar mil cien dolares, como encontró hace un año en una bolsa y que sirvió para comprar las ventanas de su casa, terminar el techo y el piso y olvidar por cinco días esas bolsas negras de las que así y todo, no se quiere separar.

2 comentarios:

  1. nena, genial relato. ojala hubiera mas personas asi, que pudieran dejar registro de que esto, tambien sucede y es, IMPORTANTE!

    un abrazo!
    Danila

    ResponderSuprimir
  2. Superlativo.

    Por un momento me parecio estar ahi con esos " cartoneros legales " o como quieras llamarlos.

    Que bien escribis nena.

    Un privilegio leerte

    ResponderSuprimir